Cuando la despedida se convierte en fiesta: cinco rituales que vuelven al duelo movimiento y color
De Nueva Orleans a Ghana, de México a Bolivia, de las tumbas mexicanas al mar de los surfistas, hay culturas que eligen música, comida y baile para honrar a los muertos. Recorrimos esas tradiciones y hablamos con especialistas que explican por qué funcionan como manera de procesar la pérdida en comunidad.
Llego a la redacción una mañana de octubre y me recibe Olga, la de siempre, con un café en la mano y la pregunta que me dejó pensando todo el día. Me dijo desde su barrio de San Telmo, mientras acomodaba los papeles: Che, Griselda, ¿te imaginás un funeral donde la gente baila? Me quedé con esa imagen dando vueltas y por eso me puse a investigar qué tradiciones existen en distintas partes del mundo donde la despedida de un ser querido se parece más a una fiesta que a un velorio clásico al que estamos acostumbrados acá.
Lo que encontré en seguida me cambió la cabeza. Porque resulta que llorar no es la única manera de decir adiós y que en muchos lugares la música, la comida, el color y hasta el humor se mezclan con el dolor para darle otra forma, una forma más compartida, más colectiva, que ayuda a los que quedan a transitar lo que sienten.
Nueva Orleans: música que empieza lenta y termina en baile
Cuenta la guía cultural Mariana Suárez, que trabaja hace años con grupos de turistas en Louisiana, que en Nueva Orleans, cuando alguien muere, una banda acompaña el cortejo desde la iglesia hasta el cementerio. La música arranca lenta y se va volviendo festiva a medida que avanza el recorrido. Familia, amigos y vecinos bailan junto al féretro. No es una falta de respeto, me explicó Suárez cuando le consulté por mail. Es una manera de honrar la vida que se fue y, sobre todo, de acompañar a quienes quedan, para que el dolor no se cargue en soledad.
México, Bolivia, Ghana y el mar de los surfistas
- En México, el Día de Muertos, reconocido por la UNESCO como patrimonio cultural intangible, parte de la idea de que las almas regresan por un rato al mundo de los vivos. Las familias arman altares con las comidas favoritas del difunto, flores, velas y objetos personales, y los cementerios se llenan de colores y de gente que pasa la noche junto a las tumbas. La muerte no se vive como ausencia sino como presencia, aunque sea breve.
- En Bolivia, cada 8 de noviembre se celebra la festividad de las Ñatitas en el Cementerio General de La Paz. Los creyentes llevan cráneos humanos para recibir bendiciones y los agasajan con flores, coca, cigarrillos y velas, porque la tradición sostiene que esos cráneos cuidan el hogar y pueden interceder por quienes los veneran.
- En Ghana, la creatividad aparece en el ataúd. La familia encarga un féretro con la forma del oficio o la pasión del difunto: un pescado para un pescador, un avión para un piloto. La ceremonia puede durar tres días e incluye coreografías durante el traslado del féretro.
- Entre los surfistas, la despedida ocurre en el agua. Los deudos forman un círculo sobre sus tablas en el mar, arrojan flores al centro y cada uno dice algo sobre el fallecido. Si hubo cremación, las cenizas se dispersan en ese mismo lugar.
Más allá de lo llamativo de cada tradición, lo que me quedó dando vueltas después de leer, entrevistarme y cruzar fuentes es que todos estos rituales, por distintos que sean, cumplen una función social y psicológica muy concreta: dan un marco colectivo a una experiencia que, si se vive en silencio, puede resultar abrumadora. Compartir el dolor con otros, tener un momento y un lugar para expresarlo, ayuda a transitar la pérdida, algo que me confirmó la médica paliativista Laura Ferreira, del Hospital Tornú, cuando le consulté por la importancia del acompañamiento comunitario en el duelo. La especialista me dijo, con una frase que me quedó resonando: Cuando uno puede llorar en compañía y también reír en compañía, el duelo deja de ser un peso que se lleva solo y se vuelve una carga compartida, que pesa la mitad.
