Jueves, 27 de agosto de 2026
Actualidad y noticias, al instante
PortadaVida
Vida /

Cuando el diálogo se vuelve permisión: especialistas explican por qué los límites también son una forma de cuidar a los hijos

Psicólogas infantojuveniles advirtieron que negociar todo con los niños puede generar dificultades para tolerar la frustración y regular las emociones. La clave, señalan, es ejercer la autoridad sin violencia ni autoritarismo.

Por Griselda VillavicencioSociedad y salud · 27 de agosto de 2026 · hace 2 h

Soy Griselda Villavicencio, de la sección Sociedad y Salud, y esta nota la empecé una mañana cualquiera charlando con una vecina de Villa del Parque, María Eugenia, madre de tres criaturas de entre cuatro y once años, que me confesaba medio avergonzada que ya no sabía cómo hacerles frente sin terminar cediendo a cada berrinche del más chico; y esa confesión tan de domingo por la tarde me llevó derechito a buscar a profesionales que pudieran poner en palabras eso que tantas familias viven puertas adentro cuando el cansancio, la culpa o el miedo al conflicto van borrando, de a poco, los límites que uno mismo se había propuesto sostener, y lo que encontré me parece que vale la pena compartirlo con quienes están leyendo estas líneas porque la cosa, lejos de ser un problema individual, tiene que ver con un cambio cultural profundo que atravesó a la crianza en las últimas décadas y que hoy, según quienes más estudian el tema, empieza a mostrar sus consecuencias concretas en la infancia y en la adolescencia.

La psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro Infancias respetadas, lo dice con una frase que a mí me parece que resume todo el asunto: hay cosas que se negocian en la mesa familiar y cosas que directamente no se negocian, porque conversar no le quita autoridad al adulto sino todo lo contrario, y la pérdida de autoridad aparece justo cuando el mayor le teme al conflicto y decide esquivarlo; si para evitar un berrinche uno termina moviendo el límite que había puesto un rato antes, el mensaje que le llega al chico se vuelve confuso, contradictorio, y ahí es donde se empieza a armar el quilombo, que es la palabra que usamos los argentinos para describir ese momento en el que el nene ya no entiende qué puede y qué no puede hacer, y entonces prueba una y otra vez hasta dar con el famoso botón que a veces los adultos dejamos al alcance de la mano.

Autoridad no es lo mismo que autoritarismo

La especialista insiste en algo que parece elemental pero que en la consulta se repite hasta el cansancio: autoridad y autoritarismo no son sinónimos ni son hermanos, son parientes lejanos, y mientras la primera se construye con presencia, coherencia y buen trato, el segundo es lisa y llanamente un abuso de poder disfrazado de orden, así que respetar a un niño o a un adolescente no significa dejarlo hacer lo que se le cante cuando se le cante, porque el respeto auténtico se sostiene sobre el buen trato y no sobre la ausencia absoluta de normas; en esa línea, la colega Deborah Bellota, que trabaja hace años con familias en consultorio, suma una observación que a mí, como madre y como periodista, me dejó pensando un buen rato, y es que los padres permisivos suelen ser enormemente afectuosos, sí, cariñosos, cercanos, buena gente, pero muchas veces evitan poner límites por miedo a que el chico se enoje con ellos, y esa dinámica, miradas con cariño, puede favorecer la autoestima pero también deja a los pibes con ciertas dificultades para autorregularse, con una tolerancia a la frustración bastante baja y con una resistencia bastante marcada hacia cualquier figura de autoridad que se les cruce por delante.

  • Estilo autoritario: reglas rígidas, obediencia sin mucho espacio para la escucha ni para las emociones del chico.
  • Estilo permisivo: mucho afecto, mucho diálogo, pero límites flojos de papel, casi siempre por miedo al enojo de los hijos.
  • Estilo democrático o autoritativo: combina normas claras con conversación, afecto y contención, y es el que la mayoría de los especialistas recomiendan como punto de equilibrio.

Esta clasificación no la inventó ningún influencer de los tantos que andan dando cátedra por ahí, sino que viene de lejos, nada menos que de los años sesenta, cuando la psicóloga Diana Baumrind describió por primera vez esos tres estilos de crianza que todavía hoy siguen vigentes en los manuales de la facultad y en los consultorios de Palermo y de Once y de Lanús, y la conversación, fíjense lo que son las cosas, no terminó ahí porque hace muy poco, mientras charlábamos después de la entrevista formal, Raschkovan me dijo una frase que a mí me resonó muchísimo y que quiero compartir tal cual me la dijo, porque resume de manera bastante hermosa por qué los límites no son un castigo ni una crueldad sino exactamente lo contrario, una forma de cuidado que nos preparó para la vida de verdad, y acá va: Los límites son indispensables para aprender a vivir en sociedad, porque la vida misma ya viene con dosis diarias de frustración, hay que ir a dormir aunque uno quiera seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle, y todas esas pequeñas frustraciones cotidianas, sumadas una tras otra, van construyendo de a poco la tolerancia a la frustración, que es algo que no aparece por generación espontánea ni por ósmosis, sino que se aprende y se entrena desde chiquito en un entorno seguro donde el no existe y donde el adulto lo sostiene sin romperse en el intento.

Cierro esta nota como la empecé, volviendo al living de María Eugenia, en Villa del Parque, porque mientras charlábamos me quedó dando vueltas una idea que la propia Bellota dejó caer casi al pasar antes de cortar, como quien no quiere la cosa, y que a mí, por lo menos, me parece que vale como una especie de consigna para llevar a casa, y la idea es más o menos así: el trabajo del adulto no termina nunca en el momento en que dice no, sino todo lo contrario, ahí empieza la parte más importante, que es la de bancar el enojo, la de sostener el llanto, la de explicar por qué se decidió lo que se decidió y, sobre todo, la de quedarse al lado del pibe mientras le agarra la frustración sin escapar ni ceder ni cambiar de tema, porque acompañar en el no es, a fin de cuentas, la manera más concreta que tiene una madre o un padre de cuidar.

GV
Griselda VillavicencioSociedad y salud

Te puede interesar